La trébede

Mi pueblo está en lo profundo de un valle de las montañas de León. El río Dueñas serpentea junto al camino: una estrecha carretera en la que apenas hay espacio para que se crucen dos coches.

Peñas de caliza, hayas, robles, praderas y un monte de escobas y anabios que dibujan un paisaje ancestral, donde el trabajo de mis abuelos era muy duro, siempre luchando contra las fuertes pendientes y una climatología cambiante.


La aldea es alargada y sólo tiene dos calles, la Bajera y la Cimera. La casa de mis abuelos está en la Bajera, asomándose a los praos y al monte de Aviao, un hayedo donde apenas entra el sol y el suelo es un lecho blando de musgo, hojas rojas y ocres.

Nuestra casa tiene una puerta verde y muros de piedra. Lleva más de cien años en pie y su corazón es la
cocina. Ahí es donde se hace la lumbre que la mantiene caliente y donde comemos. También es ahí donde
está la trébede.


La trébede es la encimera que hay sobre la lumbre y junto a la cocina bilbaína. Es un sitio que suele estar calentito, donde mi madre y mi abuela ponen los cacharros a secar después de fregarlos y donde nos apoyamos para charlar mientras se hace la sobremesa.

Cuando era pequeña, recuerdo que era ahí donde me sentaban para secarme después de bañarme en el fregadero de la cocina.

Es un lugar de reunión y de encuentro en la familia. Es donde me contaron por primera vez la historia de vida de mis abuelos y de sus padres, vidas de migración unidas al carbón. De trabajo y de fortaleza, de pérdida y de cariño.


Cuando decidí comenzar este proyecto, quise volver al lugar del que vengo, para desde allí, poder
contarte historias como me las contaron a mí.


Isabella Trébede es un abrazo a la memoria, un viaje a través de las historias, para redescubrir nuestro
presente e imaginar nuestro futuro.


¿Me acompañas?